Pobreza en un país de ladrones

Con esto de la Bienal no he tenido tiempo de ir a rebuscar aceitunas, esas gordales que primero se ponen moradas y acaban del color del buen tinto, que sajadas o machacadas, con dos o tres aguas y un buen aliño son capaces de resucitar a los muertos. Si quiero comer aceitunas este año tendré que comprarlas, porque se perdió esa ancestral costumbre de regalar garrafitas de aceitunas a los amigos. En mi pueblo, Arahal, se estila aún eso de regalar aceitunas ya aliñadas y una garrafa de aceite de manzanilla, de la Cooperativa. No hay mejor regalo que estos. Pero a mí me gusta el rebusco, quizás por la crianza. Cuando vivía en Palomares, como éramos muy pobres, rebuscábamos de todo: habas, garbanzos, maíz, uvas, aceitunas y sandías. Siempre había en casa productos del rebusco y eso nos salvó de pasar hambre. Como el aceite no se podía rebuscar había que ir a pedírselo a don Amadeo, un cura muy humano que hubo en Palomares y en Mairena del Aljarafe. Este párroco también daba latas de manteca y hasta ropa usada que le facilitaban las tiendas de Sevilla o los americanos. Y leche en polvo. Quitó mucha hambre y mucho frío don Amadeo, del  que me acuerdo mucho en estos tiempos de penurias, con una pobreza infantil que contrasta con tanto ladrón en la banca y la política.

Como en el pueblo había algunas huertas, de frutas andábamos siempre bien. Yo tenía una táctica para zamparme todos los días alguna pera o una manzana. En vez de robarlas, me hincaba de rodillas ante el peral o el manzano, como si estuviera rezando ante la Virgen de la Estrella. Cuando el dueño o el guarda de la huerta me veían arrodillado se conmovían y me daban el fruto prohibido. O sea, prohibitivo para nosotros. Recuerdo que una mañana salté la alambrada de espinos de una de estas huertas y me tendí debajo de un peral con la boca abierta por si se caía alguna pera. Me quedé dormido y cuando desperté tenía un nido de avispas en la garganta y una cesta de peras a mi vera, seguramente puesta allí por el bueno de Celestino Capita.

En aquellos años de miserias había que engrasar cada día la imaginación. Te levantabas por la mañana y decías, a ver qué invento hoy para llenar la barriga de algo. En casa había siempre una olla de puchero, de aquellos pucheros hechos con gallina de corral y sin ternera, con garbanzos del rebusco y algún hueso rancio que te daba el carnicero. Lo que no había eran caprichos, golosinas, pasteles o helados. El de los helados pasaba cuatro o cinco veces en verano y casi siempre pasaba de largo. Y el de las sultanas. A lo mejor por eso conservo toda la dentadura en buen estado, a pesar del pan con aceite y azúcar o la clásica onza de chocolate, que eran las meriendas de entonces. O claras de huevos batidas, con azúcar, que mi madre ponía tan espesas que podíamos hacer figuritas de blanco y delicioso merengue para el portal de Belén. Alguna vez, ya de mayor, lo he hecho en casa por el inmenso placer que me produce recordar aquellos  tiempos, quizás duros, pero absolutamente añorados. La verdadera felicidad nace y muere siempre en la niñez.

MendigosLos juguetes había que inventarlos. En Palomares hubo un vertedero que fue muy célebre. Para conseguir una bicicleta tenías que ir a él varias veces, porque era difícil que entonces tiraran una bicicleta completa. Un día ibas y te encontrabas el cuadro con una sola rueda y el faro. Al día siguiente, a lo mejor te encontrabas una rueda y la cadena. Y ya tenías una bicicleta para ir a bañarte a Sartarén o a jugar al fútbol a Gelves. Los balones de reglamento eran los más escasos y normalmente había colas para conseguirlos. En cambio, las pelotas de goma o de plástico aparecían todos los días y gracias a este vertedero dejamos de jugar al fútbol con botellas de plástico, de las del aceite o la lejía. Acostumbrados a las botellas con corchos, cuando cogíamos un balón de verdad apenas si sabíamos conducirlo: rodaban demasiado. ¡Y hasta botaban y todo!

Una mañana, al amanecer, salí al campo a tirar de la cisterna y  me encontré  unas cartucheras con dos pistolas plateadas. Como ya tenía el sombrero de pistolero y unas botas con espuelas, le pedí prestado el borrico a Murillo y me hice forajido. Quise atracar la taberna de Mariquita Méndez, pero El Norra, su esposo, solía guardar una vara de acebuche debajo del mostrador y, lejos de amilanarse ante el terrible Manolito el de Pepa, me hizo frente y me llevó corriendo hasta la Laguna. Había dejado el jumento de Murillo atado en la puerta de la taberna, pero viendo la clase de forajido que era, el famélico animal decidió irse a comer alfalfa a la estacada de El Piruja. En Bonanza no ocurría nunca eso: el caballo siempre esperaba a su dueño. Incluso al gordo, aun sabiendo lo que le esperaba al pobre.

La pobreza se llevaba bien en aquellos tiempos porque apenas sabías que eras pobre. Palomares no era entonces un pueblo de ricos, solo había dos o tres y no vivían en el pueblo. Eran los dueños de las dos haciendas que existían. Luego había familias más o menos acomodadas que no solían hacer ostentación alguna de dinero y que llevaban una vida normal. Por otra parte, en aquellos años no te enterabas de nada y llevabas la pobreza mejor que ahora, que te enteras de casi todo y te preguntas si hay derecho a que exista pobreza en un país como España. Me pregunto también qué pasará por las cabezas de esos padres que casi no pueden dar de comer a sus hijos o comprarles los libros para el colegio. No hablemos de soñar con llevarlos algún día a la Universidad. ¿Qué habrán pensado cuando ha salido el vergonzoso asunto de las tarjetas de Caja Madrid, en el que se lo estaban llevando representantes de todos los partidos?

A veces sueño con una especie de túnel del tiempo en el que meterme para regresar a la infancia, a aquella pobreza de Palomares que aliviábamos con el rebusco y que llevábamos más o menos bien porque si había ladrones en el Gobierno o en los ayuntamientos no te enterabas nunca de nada. Hoy te enteras de casi todo, pero, ¿de qué nos sirve? La democracia nos permite cambiar a los gobernantes cada cuatro años, pero siempre son los mismos. Y los ladrones también. Encima, el rebusco está ahora en Mercadona.

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1 Comment

  • rocio Posted 4 octubre, 2014 19:41

    Manuel en tu pueblo hacen esas aceitunas prietas que hacen morir…..

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