Paco de lucía, un año ya sin usted

Paco de lucía, un año ya sin usted

Querido don Francisco, cuesta creer que ya haya pasado un año desde que se fuera usted envuelto en una seguiriya gitana y tan lejos de Algeciras, aunque no del mar o de la mar. Un año ya y todavía hay quienes no reaccionan, como si no lo aceptaran o no se hubieran enterado de su muerte. Como usted sabe, los flamencos no se mueren nunca, salvo en las coplas:

“Me muero yo

a morirme voy…

Cuando le preguntaron a Manolo Caracol qué ocurriría el día que muriera, contestó el genio: “¡Ojú, qué lío!”. La preguntita tenía su guasa, siendo calé el maestro. Hace dos semanas me encontré con Rafaelito Riqueni en el centro de Sevilla, al lado de la Giralda, y cuando le hablé de usted, de su marcha, sus ojos parecían dos olas de la Barrosa y miró al cielo de Sevilla como buscándole en una estrella, sentado y en animada charla con el Niño Ricardo y Sabicas. Le alegraría saber lo recuperado que está Rafael, dando clases en una importante escuela sevillana y arrasando en las redes sociales, a pesar de su timidez. Hasta le han dado un Giraldillo por partirnos el alma en la pasada Bienal de Flamenco, curiosamente a las tres décadas justas de que Manolo Franco le privara de aquel I Giraldillo del Toque, en el Lope de Vega, con usted en el jurado. Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de Rafael de haber ganado él el Giraldillo y no Manolo Franco, que no supo sacarle partido a aquella gesta histórica, aunque hiciera su carrera y siga todavía ahí. Y es que esto de los premios tiene su guasa, qué le voy a decir a usted que no sepa. Hasta ahora no le habían dado la Medalla de las Bellas Artes a su compadre Manolo Sanlúcar, que desde hace unos años está rebelado con todo, peleado con el mundo, desanimado y frustrado. Sí, frustrado, a pesar de haberlo conseguido todo en la guitarra, en la música, en el arte. Pero quien da más de lo que recibe, siempre considerará que no recibe todo lo que merece y don Manuel es muy sentido para esas cosas de los olvidos.

Luicía

Hoy hace un año que se fue usted y aún no ha salido nadie a decir que el trono del rey de la guitarra es para él. Muy raro, ¿no le parece? Se lo digo porque el flamenco es muy monárquico, siempre ha tenido, tiene y tendrá reyes, y príncipes queriendo se coronados como tales. Y hay muchos aspirantes a reyes, sin abuelas, dispuestos a ocupar tronos como sea, con el pueblo detrás o sin el pueblo. Cuando murió don Antonio Mairena, su hermano Manuel quiso sentarse en el trono del cante gitano-andaluz, que aún sigue vacío. Y cuando murió José Monge, su Camarón de sus entretelas, enseguida quisieron ocupar su sitial ocho o diez camaroncitos que, como se durmieron, acabaron siendo arrastrados por la corriente, esto es, por Miguel Poveda, y nunca más se supo de ellos. Ni José Mercé, a pesar de sus visiones de futuro –creador, como sabrá, del cante del siglo XXI–, logró convencer al pueblo para que lo sentaran en el trono que dejó Camarón I de la Isla de León.

Le parecerá extraño, pero en España había quienes no sabían quién fue Paco de Lucía. Tampoco quién fue Enrique Morente. No sé si le conté alguna vez una anécdota que ocurrió con un ex ministro de Cultura español, del Partido Socialista, que fue recibido por su homólogo alemán en aquel país y ambos empezaron a hablar de música clásica. Nuestro ministro, seguramente para impresionar al alemán y sacarle luego los cuartos para algún museo o una exposición, le empezó a hablar de Beethoven, Wagner, Schumann y Brahms. Cansado ya de la ojana del español, el alemán le dijo: “Pues ya ve usted, a mí el que me chifla es Paco de Lucía”. Nuestros malditos complejos con el flamenco, que no acaban de irse del todo.

Se le echa de menos, don Francisco. Nunca estaba usted en Andalucía, siempre de viaje, de aeropuerto en aeropuerto, de teatro en teatro, pero cuando aparecía era como si Dios bajara a la tierra. Hace muchos años iba yo en un autobús para Triana y le vi andando, cruzando el puente de San Telmo, seguramente en dirección al arrabal donde vivieron los Pelao y los Cagancho. Recuerdo que tuve que abrir y cerrar los ojos varias veces, porque creía que estaba viendo visiones. No era posible que Paco estuviera en Sevilla, andando por uno de sus puentes como un sevillano más. Pero sería verdad cuando cientos de albures se habían salido del agua y el piquiito de la Giralda asomaba más de lo normal por encima de la Torre del Oro, como si se hubiera empinado para ver al genio andando por las calles de Sevilla. Se le echa de menos, don Paco. Ni se imagina cómo y cuánto. El debate de estos días es sobre si hay o no grandes figuras del flamenco, digamos de su nivel. Ni soñándolo. Ni en la guitarra, ni en el cante, ni en el baile. Por eso hay como un parón, como un tiempo en espera. Muchos son los llamados y pocos los elegidos, aunque ya sabe usted que la modestia brilla por su ausencia en este arte con tantos genios, que ahora, con esto de las redes sociales, parece que se han multiplicado por cuatro. Por eso no hay ahora genios del flamenco, digamos a la vista, porque están todos apretujados en Facebook y en Twitter, seguramente a la espera de que toquen de nuevo a rebato las campanas de la luz, de esa luz que les señale de nuevo el camino, como hizo usted hace cuatro décadas con los que hoy, después de su muerte, están como atontados, sin saber muy bien qué hacer y para dónde tirar.

Ayer, cuando escribía esta carta, me acordaba más del ser humano, de la persona, que del artista de fama mundial. Duele más no verle andar por Sevilla ante el regocijo de los plateados albures del Guadalquivir y el asombro de la Giralda, que no poder escucharle sobre un escenario. Pienso en sus hijos más pequeños, en su hermano Pepe, y en cientos y cientos de chavales que siguen queriendo seguir sus pasos en esos pueblos blancos de Cádiz o en las deprimidas barriadas de Sevilla. Me hubiera gustado verle viejo, con el pelo blanco de Rafael Alberti y las manos huesudas y pálidas de Manuel de Falla, ya sin músculos. Verle entrar en un teatro no por la puerta de los artistas, con la guitarra en la mano y el cheque ya en el bolsillo, sino por la de los aficionados, como uno más del pueblo. Sí, don Francisco, porque nos ha emborrachado usted con su música durante décadas, pero nos ha privado de poder disfrutar más y mejor del ser humano que hay siempre detrás del ídolo.

Por aquí sigue casi todo igual que cuando usted se fue. Porque es verdad que se fue, ¿no? Mire que con estas cosas no se juega. No paran de irse artistas, gente con arte: La Sallago, El Tiriri… El otro día se murió un nieto de Manuel Moneo que tocaba muy bien la guitarra, con mucho sabor, al que llamaban Barullito. Tenía solo 24 años. Y poco más, don Francisco. Esta noche estaré en su homenaje del Maestranza. A falta de pan, buenas son tortas.

 

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