Las lavadoras tienen su corazoncito

Las lavadoras tienen su corazoncito

Cuando la vida me puso a prueba y tuve que irme a vivir solo, confieso que pasé las de Caín. Os conté aquí mismo lo que me ocurrió con la olla de caracoles que un día me dio por guisar. Pero al lado de lo que os voy a contar ahora, aquello apenas fue una historieta graciosa. La idea de comprar una lavadora no me atraía nada y cuando les dije a mi madre y a mi hermana que me iba a hacer con un lebrillo y una refregadera de aquellas de madera, como la que teníamos en el corral de Cuatro Vientos, estuvieron a punto de llamar al psicólogo para que me hiciera un chequeo mental. “Te compras una lavadora, que las hay sencillitas”, dijo mi hermana, la moderna de la familia. Mi madre, en cambio, siempre tan apegada a las viejas costumbres, era más partidaria del lebrillo y la refregadera.

Me armé de valor y fui a una tienda de electrodomésticos a por la dichosa máquina de lavar trapos. Como suele suceder en estos casos, el vendedor me lo puso todo muy fácil. Si tendría necesidad de vender aquel sujeto, que me llegó a ofertar una lavadora que lo hacía todo. “Usted mete la ropa sucia por la boca y en media hora le aparece ya planchada y todo en el ropero”, aseguró el bandido. Como siempre he sido más inocente que un búcaro, encargué el ingenio y me lo llevaron al apartamento muy bien embalado, aunque se fueron sin instalarme la lavadora. “Eso es muy fácil de instalar, señor. Lea el libro de instrucciones”, dijo muy serio el transportista. La lavadora estaba en el salón, la desempaqueté y leí por encima el libro de instrucciones, que entendí perfectamente. Puse mi primer lavado y, como todo iba sobre ruedas, salí a comprar el periódico con toda tranquilidad. No había acabado de bajar las escaleras del bloque cuando sentí un ruido infernal que venía del apartamento. Al abrir la puerta observé turulato que la lavadora se había salido de la cocina y estaba pegando saltos en el salón y echando espuma por todas partes.

Enseguida pensé que le había echado demasiado detergente o algún suavizante en mal estado –seguramente caducado–, porque aquellas convulsiones no eran normales. Como la pobre lavadora no paraba de correr de un lado para otro y de dar saltos, contacté con la tienda para que me dijeran punto por punto cómo controlarla y me hicieron explicar los pasos que había seguido. Se los detallé y el hombre no salía de su asombro. “¿Le quitó usted los anclajes que sujetan el motor, unos tornillos largos que están justamente detrás?”, me preguntó. ¡Yo qué sabía de los anclajes! Se los quité y ya todo fue como la seda.

No obstante, la lavadora ya no volvió a ser la misma, desconfiaba de mí y nuestra relación fue siempre fría, distante. En los días siguientes le metía una camisa blanca y me la sacaba azul o gris marengo. Los pantalones encogían dos centímetros cada vez que los lavaba y de cada diez calcetines que le daba, seis se quedaban dentro y nunca llegué a averiguar dónde. Sabía que era su manera de vengarse.

El día que vendí el apartamento, con la lavadora y demás electrodomésticos, quise despedirme de ella y no me dijo ni por ahí te pudras. Aunque no se lo crean ustedes, las lavadoras tienen su corazoncito.

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