La música de las promesas

Cuando me abato suelo hacer dos cosas: pelarme y comprar alguna prenda. No sabría explicar por qué lo hago, pero empecé siendo adolescente y funciona. Si el bajón coincide con una campaña electoral la suelo vivir con intensidad porque es para mí una terapia milagrosa, seguramente por el buen rollo de los partidos entre ellos, el respeto que se tienen los unos a los otros, el hecho de que no se den machetazos ropavejeros y que vayan solo a contar a los ciudadanos lo que a estos les interesa. Ayer me fijé, por ejemplo, en el tipo de voz de cada uno de los candidatos que concurren a las autonómicas y descubrí cosas interesantes de índole fonética. La voz más flamenca es la de Susana, con ese eco aguardentoso que se le ha puesto de repente, casi de Parrala trianera, cantando sus promesas al cuatro por medio, casi al borde del grito prosaico. La de Bonilla, en cambio, es agochonada, sin pellizco: cantaor fino, pero sin duende, que diría Centeno. Sin embargo, la de Maíllo es amojamada, de melismas acres y de un timbre adonis. No sé, es como la música de las promesas. Otra visión de esta campaña.

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