Espejos sin alma ni corazón

Espejos sin alma ni corazón

El cuerpo humano es una máquina perfecta, según dicen los que lo estudian. El mío no lo es, desde luego. Es demasiado grande, con unas extremidades excesivamente desarrolladas. Las paso moradas cada vez que voy a comprarme ropa, por ejemplo. El pantalón que me está bien de perniles no se ajusta a la cintura, o al revés. Mis pies son dos barcazas y al tener las rodillas demasiado juntas, sé que acabaré andando como un pato. No me gusta mi cuerpo. He aprendido a convivir con él y con los años he conseguido la complicidad de los espejos de casa.

El mejor amigo de una persona con complejos físicos es un espejo que sepa quererte como eres. Hay un problema y no es un problema baladí. Cuando entras en un probador y te desnudas para probarte ropa te ves en un espejo que no te conoce de nada, para el que eres un extraño, y entonces te dan ganas de colgarte en el perchero. Ese no soy yo, dices, pero sí lo eres. Eres tal como te ves en los espejos de los probadores y no quien se refleja en el de casa, que acaban siendo tus mejores aliados. Encima, si lees en una revista de moda que los espejos de las tiendas de ropa están trucados para que todo te caiga de la aguja, para que te veas más estilizado, sales a la calle y te dan ganas de buscar una ferretería, comprar una navaja albaceteña y acabar con todo de una vez.

La belleza es un privilegio, aunque selectivo. Luego hay quien te quiere consolar diciéndote que lo importante es la hermosura interior. Todos hemos visto alguna vez un marrano abierto en canal y es un espectáculo dantesco, horrible. ¿Sabían que por dentro también somos como los cerdos? Cuando te hablan de la belleza interior para que no te hundas del todo se refieren al alma o al corazón. Decía Víctor Hugo que el cuerpo humano no es más que apariencia, y esconde nuestra realidad. La realidad es el alma. Tener alma es cojonudo, pero nada más que trae problemas. Y no hablemos del corazón. Es una gran faena que este órgano sea imprescindible para vivir. El tocino acumulado en el vientre se puede arreglar con una liposucción y si no te gusta la nariz, también tiene apaño.

Sin embargo, el corazón puede llegar a ser tu mayor problema. El mío es desmedidamente grande, caben demasiadas cosas en él. Es la Fonda el Ocho. Si todos los días nos arreglamos el cabello, ¿por qué no el corazón? Y si tienes la manía de abrirlo de par en par, se te complica aún más la vida. También es verdad, como dijo Juan Pablo II, que un corazón cerrado es como una prisión. Menuda paja mental me estoy haciendo por el simple hecho de que mañana me tengo que comprar algo de ropa y los putos cristales de los probadores van a ser tan crueles como de costumbre.

Miedo me dan porque en esos espejos no se ven ni el alma ni el corazón. También es mala suerte.

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