Esos alevines de Palomares

Palomares del Río es un pequeño municipio español de Andalucía a solo doce kilómetros de Sevilla, situado dentro de la comarca del Aljarafe, entre los pueblos de Coria del Río, Almensilla, Gelves, Mairena del Aljarafe y San Juan de Aznalfarache. Antiguamente era una localidad eminentemente agrícola, de olivares, con dos o tres haciendas centenarias, algunas huertas pequeñas y unas cuantas viñas. A las afueras del pueblo, en la carretera de Almensilla y a no más de medio kilómetro de distancia, se encuentra Cuatrovientos, un puñado de humildes casas blancas alineadas a ambas orillas de la carretera, a donde llegué en la primavera de 1961 procedente de otro pueblo sevillano, Arahal, en la gran comarca conocida por la Campiña. Solo viví trece años en Palomares, pero fueron suficientes para llevar a este pueblo en el corazón y que me marcara para siempre tanto en lo bueno como en lo malo. El Aljarafe es una comarca de soleados olivares, huertas y viñas familiares, que romanos y árabes eligieron para deleite y recreo, quizá por su clima mediterráneo, denominado cálido, con inviernos de temperaturas suaves y agradables, y veranos calurosos y desabridos. Son muy célebres sus bodegas, en las que se elabora, entre otros caldos, el célebre mosto. Aunque hace ya décadas que no vivo en Palomares, cada año acudo a la cita que tenemos con el mosto quienes hemos crecido en este bello rincón rural de Sevilla.

Bohórquez en Palomares 2

Hace unos días leí en la prensa una noticia que me partió el ama: al equipo de alevines de Palomares le metieron cincuenta y tres goles no sé dónde. Prefiero no saberlo porque no volvería a pasar nunca más por ese pueblo. Primero me puse muy triste, pero luego me sentí orgulloso de que los nietos de quienes fueron parte de mi infancia y adolescencia fueran capaces de encajar con tanta hombría una derrota tan contundente. Nunca debió de ocurrir esta humillante derrota, pero el fútbol es así de cruel. Como si no tuviéramos ya bastante en esta tierra con la pobreza infantil y el abandono escolar, el paro juvenil y la falta de futuro. Aunque les parezca un cuento, en los años sesenta no había campo de fútbol en Palomares del Río, al menos que recuerde. Se hizo uno en el Raso del Nono, en la carretera de Mairena del Aljarafe, con una inclinación lateral tan pronunciada que para tirar un corner había que ponerle un terrón al balón y dos cirios a la Virgen de la Estrella para que el esférico no se moviera. Tenía mérito jugar en medio de los terrones con una pelota casi siempre ahuevada y con tanto cebo dado que al que le daban un balonazo en la cara le pringaban el bigote y el flequillo para toda la semana. Las porterías eran dos eucaliptos, y en vez de larguero colocaban unas sogas. Cuando el portero se percataba de que un tiro a puerta del equipo contrario amenazaba con entrar ajustado a la cuerda, la bajaba y el balón siempre pasaba rozando el larguero, aunque por encima. Dependía siempre de los tintos que se hubiera tomado el guardameta, que generalmente eran unos cuantos antes de cada partido, paladeados en el bar de Ricardo, en el de Pepe el Alcalde o en la taberna de Mariquita Méndez. En este campo hizo su debut el primer equipo de infantiles de Palomares, al menos que yo recuerde. ¡Todo un equipazo! Eran Antonio el de Cristina, el Antúnez, el Juan Antonio, el Vicente de Teresa, el Chico de la Filomena, el Marcelino, El Fuli, Rafael del León, el Rebollo, el Mejías y el Bohórquez, que no era otro que mi hermano Antonio. La vestimenta era blanca, como la del Madrid. Recuerdo que, como el debut fue en invierno y entonces había pocas duchas, los diminutos futbolistas aparecieron con una costra en las rodillas que daba verdadera pena. Era del tiempo, decían. Del tiempo de los romanos.

Más adelante se hizo ya un campo en condiciones, digamos que reglamentario y en la zona conocida como La Laguna. Tuvieron que ir por los palos para la portería a un pinar cerca de Almensilla, pero se hizo el campo. Estaba un poco lejos del pueblo y al principio no había vestuarios. Los futbolistas se vestían en un colegio de la carretera de Coria del Río y se iban andando al estadio, con lo que, cuando llegaban, algunos les pedían el cambio a Juan de Pancho antes incluso de comenzar el partido. No sé si eran o no buenos jugadores, porque era muy pequeño para saberlo, pero recuerdo con verdadera nostalgia la increíble potencia de Rafael el de la Nena, las paradas del Salvador del León y El Quinini, la técnica del Ricardo y su hermano Quico, la velocidad de El Rácano, los férreos marcajes del Benacho, las asombrosas genialidades de El Chapa y la clase del Moreno, cuyo debut fue todo un acontecimiento porque tenía solo 16 años. Fuimos a verlo todos los alumnos del colegio, chiquillas incluidas, porque el muchacho era un pincel. ¡Qué jugador! No comió de la pelota pero llegó a ser alcalde del pueblo, aunque no es menos importante lo primero que lo último. Todo esto que he narrado pertenecía al fútbol oficial del pueblo. Luego estaba el nuestro, el de los más pequeños, que jugábamos partidos de tres horas en un campo que había a la entrada de Cuatrovientos, donde, además del barro perpetuo de los largos y duros inviernos de entonces y las ortigas de la primavera, era una lata sortear los garrotes y las majadas de un toro mocho que tenía Murillo siempre amarrado en este campo. No recuerdo que tuviéramos balones de reglamento en Cuatrovientos, en aquellos años. Como mucho, algunas pelotas de goma que se dejaban olvidadas los que iban a las parcelas los fines de semana o que tiraban en el vertedero que vigilaba celosamente Pepe el de Lourdes. A veces solo teníamos botellas de aceite a las que les poníamos un corcho. No es extraño, pues, que no saliera ningún fenómeno, aunque alguno hubo que pudo comer del balón. Estoy orgulloso de estos paisanos a los que humillaron con tan escandalosa goleada. El partido no lo perdieron ellos, sino los otros. O mejor dicho, quienes consintieron tamaña barbaridad. Espero que la derrota no ocupe demasiado espacio en la memoria de estos niños de Palomares del Río y que les sirva más bien como acicate para superarse y acabar por entender que el fútbol solo es un juego, aunque en este país sea algo más que un juego.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Add Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *