El campo me llama a voces

El campo me llama a voces

El campo me llama a voces

Llevo un tiempo un poco apartado del ordenador, solo lo justo para cumplir con mis compromisos profesionales, que por cierto son bastantes, porque por fin he tomado la decisión de vivir en una casa con campo, uno de mis sueños desde adolescente, cuando por circunstancias de la vida tuve que abandonar Palomares del Río, Cuatro Vientos, y afincarme en Sevilla. Abandonar los olivos para vivir en el duro asfalto, que no fue fácil. Creo que ha llegado la hora de volver a cambiar de aires, de vivir en una casa con algún que otro olivo y árboles frutales, donde mi perro, Surco, pueda dormir bajo las estrellas y tener espacio para afrontar lo que le quede de vida. Tengo una preciosa casa en Mairena del Alcor y soy feliz aquí, pero me llama el campo.

El campo me llama a voces,

unas veces sin nombrarme

y otras por mi propio nombre.

No sé el tiempo que me queda de vida, espero que mucho, y necesito regresar a la infancia, pisar tierra cada día y dormir escuchando a los grillos por la noche y a los gallos por la mañana. Tumbarme de noche en una hamaca o sobre la hierba fresca y ver las estrellas, sentir la brisa en la cara, escuchar el silencio del campo, que dice a veces más que mil libros, disfrutar de una soledad deseada y, sobre todo, vivir tranquilo. Trabajando, eso sí, porque tendré que hacerlo mientras tenga fuerzas para teclear un ordenador. Trabajo desde niño, es lo único que sé hacer. De hecho, pedí dos semanas de vacaciones en mi empresa y solo estuve una porque no sé vivir sin escribir de flamenco o de lo que sea. Y si tengo que trabajar hasta que me muera, prefiero que sea en el campo.

No crean que me voy a ir un monte a vivir como un ermitaño, no es eso, aunque en realidad es lo que me gustaría hacer. Pero tengo que estar cerca de Sevilla porque el trabajo así lo requiere. Recuerdo que mi madre me decía a veces, cuando le hablaba de quería vivir en el campo, en una finquita: “A mí no me vayas a llevar a los olivos”. Solo aceptaba si compraba la huerta de Antonio Reina, en Arahal, que costaba más de un millón de euros, porque pasó en ella parte de su infancia, seguramente los únicos años de su vida en los que fue feliz. “A ver si te crees que soy Juan Imedio”, le decía yo.

Aún no sé cuándo será el cambio, pero será este año, seguramente después del verano. No es un paso para darlo a la ligera, pero en cuanto se produzca serán los primeros en saberlo.

 

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