Desnudo en una tabla

Desnudo en una tabla

Fui un niño torpe, despistado y siempre en las nubes, pero de una imaginación sobrenatural. En el colegio sobresalía en pocas cosas, odiaba las matemáticas y la disciplina, pero era un buen dibujante. Me iba al campo y pintaba olivos, conejos y pájaros. Hasta me atreví a pintar una tarde a mi madre mientras hacía calcetas en el corral. Una mañana quise pintar a una mujer desnuda y como no tendría más de nueve o diez años, se me planteó un grave problema, el de no saber cómo era una mujer en pelotas. Nunca había visto a ninguna, solo a mi madre en enaguas, como mucho. Ella cuidó siempre eso de destaparse delante de sus niños, quizá por la educación recibida. Así y todo, empecé a dibujar a una mujer vestida, una bella dama con una frondosa melena negra, ojos de mora y labios carnosos. Cuando ya la tenía acabada, la empecé a desnudar e iban apareciendo sus encantos femeninos: su cuello, sus hombros, sus pechos, el vientre con su ombliguito y todo, sus caderas redondeadas, su sexo muy bien vestido, con su perfecto triángulo, y sus muslos. Coloreé el dibujo y confieso que me enamoré perdidamente de aquella hermosa mujer. Se la llevé al maestro de mi colegio y cuando la vio no se creía que la hubiera pintado yo. “Es imposible, salvo que estés acostumbrado a ver estas cosas”, me dijo algo asombrado. Y le dije que no, que todo era sacado de mi imaginación. “Es que lo has puesto todo tan bien puesto, cada cosa en su sitio y de una manera tan real, que no doy crédito”, concluyó. El maestro miraba con tanto amor el dibujo que incluso llegué a sentir celos, porque aquella preciosa mujer era ya parte de mi vida. Dormía con ella, le daba las buenas noches, los buenos días, y hasta la enseñé a besar. La pinté en una tabla y estuvo en casa hasta que fui adolescente, pero un día desapareció y no la he vuelto a ver. Creo que se perdió en la mudanza de Palomares a Sevilla. Nunca he olvidado a la mujer de la tabla, aquella a la que creé con la imaginación y que si ponía la tabla de canto veía asomar sus pechos, de real que era. Los niños torpes y despistados, los que vivimos siempre en las nubes, desarrollamos tanto la imaginación que podemos asombrar. Sin embargo, la imaginación era a veces motivo de castigo, de riñas, como si fuera un delito. Imaginar es soñar despierto y fue lo que hice cuando apenas tenía uso de razón: imaginar algo tan natural y bello como ver a una mujer desnuda. A falta de pan, buenas eran tortas.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Escribe tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *