Carta para Quique Paredes

Carta para Quique Paredes

Querido Quique, vaya faena. La noticia de tu muerte me ha dejado el corazón como un tomate maduro pisoteado contra la tierra. De repente, en solo unos minutos he recordado tantos momentos a tu vera que he pasado un mal rato. Uno no se acostumbra a estas cosas, a pesar de que morir es natural, como dice el fandango. Son demasiadas muertes de seres queridos en poco tiempo, incluida la de mi madre, y empiezo a estar ya algo viejo para estos latigazos en el corazón. Me he acordado también esta tarde de tu padre y de los momentos que pasamos junto a él en los festivales y la Bienal, que estaba sembrado. Cuánto os parecíais, ¿verdad? Y no he podido evitar traer a mi memoria el recuerdo de Manuel Domínguez El Rubio, al que querías como a un padre y del que aprendiste muchas cosas. Estaba como una regadera, pero tenía buen fondo y te quería como a uno de sus hijos.

Si lo buscas estará junto a Pepito Mismuertos emborrachándose con Paco Valdepeñas en alguna tasca celestial.

Quiero que sepas que he conocido a pocos artistas de tu categoría humana, y sabes que he conocido a unos cuantos. Me quedo con eso, con tu forma de ser, que eras un cacho de pan bendito. Y por supuesto con el sonido que le sacabas a la guitarra de Andrés Domínguez. Ahí quedó eso, maestro. Como sabes, el flamenco es un arte muy grande, pero tiene sus cosillas. Lo mejor de todo sois los artistas, con sus luces y sus sombras, y tú eras canela en rama. Jamás te escuché hablar mal de ningún compañero, que ya es difícil, porque sabes que el mundillo flamenco es como una gran casa de vecinos y que a veces se lavan los trapos sucios en el corral. Pero tú eras tan elegante, tan buena gente, un hombre tan humilde y tan claro, que dejarás huella. Y eso es mucho más importante que dejar cuarenta discos de platino. Tú, con solo dos discos sencillos, sin laureles, conseguiste llenarnos el corazón de música flamenca de pata negra. ¡Cómo te sonaba la guitarra, hermano! Entrabas y salías del compás como Pedro por su casa y acompañabas al cante y al baile como pocos, porque lo llevabas dentro desde niño, porque lo habías mamado y aprendiste el oficio como los de añtaño, en el tajo y con grandes maestros.

No te digo todo esto como crítico, porque estoy de la crítica flamenca hasta el gorro, sino como aficionado a tu humanidad. Hay demasiadas mentiras en el flamenco, pero tú eras una verdad tan grande como la Catedral de Sevilla. Créetelo, somos muchos los que lo sabemos. Si el flamenco es un arte digno es por artistas y personas como tú, capaces de poner el alma por encima de todo. La sencillez es la mayor de las cualidades de un artista y tú eras sencillo, tanto como para haber presumido de tener el don del arte, pero jamás presumiste de nada. Hasta para morirte has sido sencillo, sin armar ruido, marchándote de puntillas, sin molestar ni armar revuelo. Te has ido a lo Quique Paredes, seguramente con una sonrisa en los labios, agazapada detrás del dolor, para no herir el corazón de nadie.

Y sí, estamos desolados y tristes, aún sin creer que te hayas ido tan joven, pero sabemos que allá donde vayas no te van a dejar solo en ese lugar donde la diferencia no la marcan los hombres, sino el frío mármol que los cubre. Nadie está solo, nunca, ni en el cementerio, si en vida ha sabido ser amigo de sus amigos y compañero de sus compañeros. El artista no es grande por lo que hace, sino por cómo es. El sonido de tu guitarra seguirá vivo por los siglos de los siglos, pero de ti nos va a quedar también el recuerdo de un buen hombre al que la vida le dio tantas cosas y tan pronto, tan joven, que al final se cansó y le dio la espalda. Pudiste morir en aquel brutal accidente de carretera de hace años, que te apartó de la guitarra, pero te tenía reservada otra forma de marcharte.

Descansa en paz, amigo del alma, donde quiera que ya estés. Eras un fenómeno, que lo sepas.

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