Camarón de la Isla y los gallos

Camarón de la Isla y los gallos

Los que nos hemos criado con animales en casa tenemos una sensibilidad especial con ellos, con los animales domésticos, que no es poco en un país donde tanto se les maltrata, con una legislación cicatera con sus derechos e injusta para nuestros hermanos planetarios. En mi casa de Palomares siempre hubo gallinas, pollos, cabras, gatos y perros. A las gallinas y a los pollos no se les podía coger mucho cariño porque se engordaban para ser sacrificados, para alimentarnos. Nacían en casa y la noche en la que rompían el huevo apenas dormíamos. Conforme iban naciendo les íbamos poniendo nombres, siempre sacados de los tebeos y las series de la televisión. Ni se imaginan la de veces que tuve que despedirme de algún pollo llorando a lágrima viva e intentando hacerle ver que no era yo el responsable de su inevitable destino, de que fuera a acabar ahogado en cebolla y aceite hirviendo. Era duro despedirse de un animal al que a lo mejor le habías salvado la vida horas después de nacer, cuando por alguna razón se echaban a morir y tenía que meterles una pimienta en el buche para calentarlos o las patas en agua fría para que reaccionaran. Afortunadamente eso ya se acabó, aunque aún haya casas en las que se crían animales para el consumo familiar y en las que se sigue practicando el milenario ritual de la matanza, sobre todo en los pueblos de la sierra. Hace siglos que no asisto a una de esas matanzas, quizás desde que estuve en una en la que fueron sacrificados diez cerdos en solo dos horas y en la que gente echaba las vísceras y el pestorejo a la barbacoa aún con vida, como si en cada trozo de carne palpitara un pequeño corazón. Hace años ya de eso y aún escucho los terribles chillidos de aquellos pobres animales a los que arrastraban con cuerdas hacia la mesa de sacrificio, ensangrentada, donde los esperaba un señor con un mandil también manchado y un cigarro consumiéndose en la comisura de sus labios llenos de sangre. Y al lado, un grupo de mujeres llenando tripas con carne picada ensangrentada para hacer la chacina, esas morcillas y chorizos que engrasan nuestros potajes y descomponen nuestra figura.

En cierta ocasión fui a dar una conferencia a un pueblo de la provincia de Huelva y el presidente de la peña flamenca, de profesión granjero, quiso agradecérmelo regalándome un precioso gallo de campo, de esos que se crían con maíz, hierba fresca y pipas de girasol. En mi vida había visto un pollo tan hermoso, con una cresta tan roja como la granada y un plumaje con tantos colores como el catálogo de telas de Ágata Ruiz de la Prada. El buen hombre me lo regaló para que me lo comiera y me explicó cómo había que matarlo para que no sufriera mucho. La verdad es que había visto sacrificar en mi casa a cientos de pollos, pero seguí sus explicaciones con mucha atención. El animal escuchaba al que ya había dejado de ser su dueño como si la criatura entendiera sus palabras. Comenzó a ponerse insepulto, descompuesto, con la cresta tirando ya a un rosa pálido que conmovía. Los pollos tienen también su corazoncito, aunque no se lo crean. Tienen sentimientos y no son tan diferentes de nosotros como pudiéramos pensar. Me llevé el ave de corral a mi apartamento de la Gran Plaza, que era pequeño, como un estudio. La cocina era tan ajustada que los huevos había que tirarlos a la sartén desde la terraza. Intenté meter al pollo en la cocina para que se fuera familiarizando con el horno, pero se abrió de alas, colocó sus dos grandes patas en el bastidor de la puerta y no hubo manera de hacerlo entrar. Cuando llegó la hora de acostarme dejé al pollo en la barra de la cortina del cuarto de aseo y enseguida se durmió, aunque cerró solo un ojo, como no fiándose de mí. Al amanecer, comenzó a cantar y del susto que me llevé casi me dio un infarto. Me levanté decidido a cortarle el cuello y me puse a afilar el cuchillo más grande que había en la cocina. Los pollos tienen muy buena memoria y reconoció, sin duda, el macabro sonido del pulido acero sobre la basta piedra de amolar. Se me ocurrió ponerle unas seguiriyas de Camarón de la Isla para que no escuchara nada. Al principio se sobresaltó un poco, pero no habría pasado un minuto cuando comprobé, estupefacto, que el animal estaba llorando, que le caían las lágrimas por el pico abajo como corren las gotas de rocío por las hojas de los olivos. No sé si lloraba porque habría adivinado su inevitable destino, el de acabar en el horno, o porque las seguiriyas de Camarón al estilo de Tomás Nitri le habían conmovido. Lo cierto es que el pollo escuchaba al genio de San Fernando y lloraba más que Jeremías.

La idea de pelar su cuello y darle un tajo ya no me apetecía nada, sinceramente. Y lo peor es que al abrir la despensa para ver qué podía almorzar, dos ratones se estaban dando el pésame el uno al otro y no paraban de maldecir a la maldita Troika. No había nada que pudiera llevarme a la boca. O me comía al plumífero o me quedaba sin almuerzo. Solucioné la papeleta haciendo palomitas de maíz en el microondas, que devoramos entre el pollo y yo en animada complicidad. Fui incapaz de comérmelo. Le puse por nombre Crestón y estuvo cerca de un año conmigo en el apartamento, durmiendo en el espaldar de mi cama y gastándome los vinilos de Camarón. Hasta que una mañana, al despertarme, comprobé que no estaba ya en el apartamento y que la ventana de la cocina delataba una huída al amanecer. Me había dejado una nota en la puerta del frigorífico con una conocida letra de soleá:

La Andonda le dijo al Fillo

anda y vete pollo ronco

a cantarle a los chiquillos.

Se había aficionado al flamenco y quiso volar en libertad para disfrutar de este arte. Crestón se había ido sin despedirse, el muy desagradecido. Así me pagó las panzadas de palomitas de maíz que me pegué junto a él escuchando a Camarón o viendo por televisión los partidos de fútbol de los sábados. Cuánto le eché de menos en aquel estudio tan reducido, sin poder escuchar su ronca melodía al amanecer ni ver cómo cambiaba de color su enorme cresta roja cuando sonaba en el tocadiscos una pieza de buen cante. La próxima vez que alguien me regale un pollo por dar una conferencia, que me lo dé ya en pepitoria. O mejor, que me dé los seis euros que cuesta que ya me los gastaré yo en lo que me dé la gana.

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Escribe tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *