Aquel genio al que llamaban Farruco

farruquito 3

Cualquiera no es un genio, aunque en el flamenco haya tantos y tan modestos y sencillos casi todos. La mayoría no han creado nada nuevo, pero son superdotados, duendecillos sin abuela tocados por el dedo divino de Dios, y que no se te ocurra nunca ponerlo en duda. Palmeros hay que son reconocidos en todo el globo terráqueo como genios de las palmas, del compás, aunque den manotazos más o menos sonoros y medidos. Antaño un palmero flamenco se quitaba el hambre a guantazos, como un maestro de escuela decimonónico, pero hoy conducen buenos coches y les hablan de tú a Undebel. Por eso ha crecido tanto la nómina de los genios de lo jondo, porque han proliferado de tal manera los palmeros y los cajoneros en el mundo profesional del flamenco, que han desbancado a los mismísimos cantaores y guitarristas. Donde se pongan hoy un palmero y un percusionista, que se quiten los cantaores y los guitarristas más sobresalientes del plantel.

FARRUQUITO_02

Si, según dijo Beethoven, el genio se compone del dos por ciento de talento y el noventa y ocho de perseverante aplicación, lo diría sin pensar en los flamencos, porque en este arte todo es talento, se trabaja lo justo y, eso sí, de perseverar, nada de nada. Se deja casi todo al azar, con esa seguridad que tienen los grandes cerebros de cualquier tipo de arte. Porque, además, si ensayas y llevas una disciplina de trabajo, eso no es signo de flamenquería. El Chocolate decía que no ensayaba nunca, que eso no era muy gitano, pero también dijo: “Cuando me acuesto no duermo del todo, me lío a darle vueltas a una seguiriya y me dan las claras del día sin pegar ojo”. “Eso es ensayar, ¿no?”, le pregunté al genio de la seguiriya. “No es lo mismo ocho que ochenta”, me respondió, y se acabó el carbón. Y cuando lo mareabas con algo aburrido, entonces sacaba aquello de por qué llaman cómoda a la cómoda y cama a la cama, si la cama es más cómoda que la cómoda. Una de sus célebres reflexiones filosóficas.

El gran Farruco, el mejor bailaor de todos los tiempos –he dicho bailaor, no bailarín o bailarón–, se sabía un genio, pero no recuerdo que dijera jamás que había creado el baile gitano del siglo XX. José Mercé empezó diciendo hace años que había creado el cante del siglo XXI y ya va por el veintitrés o el veinticuatro. Como siga así se va a salir del futuro. Farruco solía decir, cuando se hablaba de estas cosas, que el genio del baile aún no había nacido, pero en el fondo sabía que era él. Y lo era, desde luego. Tan grande que ni él mismo sabía por qué era un genio. Recuerdo que una mañana en la que veíamos un vídeo en su academia de la calle Salteras, en Su Eminencia, con su nieto Juan Manuel Farruquito y el padre de éste, El Moreno, que en gloria esté, le vimos dar una patá por bulerías y nos quedamos de piedra, con aquella manera suya de recogerse bailando las bulerías y su velocidad de vértigo. “¿Cómo hiciste eso, Antonio?”, le preguntamos, y no nos supo responder. Los ojos negros de Farruquito brillaron tanto que alumbraron cada rincón de la academia.

Chacón y Antonio el Farruco

Chacón y Antonio el Farruco

Consciente de que era un elegido y muy seguro de que nadie lo iba a apear del trono, su obsesión fueron siempre sus hijos: La Faraona, La Farruca y Farruquito, muerto en accidente de tráfico a temprana edad y cuando maravillaba al mundo con su manera de bailar. Tres artistas del baile. Farruco vio siempre en ellos su continuidad y la de su legado. Había otros bailaores y otras bailaoras que seguían su escuela, pero a él le importaban sobre todo sus vástagos. Y más tarde, sus nietos, los hijos de sus hijas. Cuando apenas sabían andar ya eran capaces de mirar como el abuelo y de fruncir las cejas cuando oían una guitarra o una voz a compás. Farruquito, El Barullo, El Farru y El Carpetilla eran su mejor obra, y ahí están. El abuelo se fue, pero su baile no, que ya se encargan ellos de que eso no suceda. Y lo harán mientras vivan, de esto no me cabe la menor duda, porque no he conocido jamás a una familia que sea más fiel a la propia familia, que los Farruco. Me hice amigo de Antonio el Farruco cuando ya apenas bailaba en los escenarios y se dedicaba a pulir a sus nietos y a dirigir la academia de Su Eminencia, que él llamaba “mi peña”. Un local pequeño, adornado con fotografías y con una barra de bar en la que siempre había un botellín fresquito, un tinto o un mosto. Había escuchado muchas leyendas urbanas sobre él y nunca hice por acercarme. Me daba miedo su mirada, aquella mirada azabache que traspasaba los muros con la misma facilidad con la que los rayos del sol atraviesan la niebla. Lo adoraba y su baile era el único que me jería, pero nunca me atreví a buscarlo para decirle que era un enamorado de su arte. Disfrutaba de su baile desde la distancia, en el escenario, y siempre lo miraba convencido de que era un bailaor del fondo de la tierra.

Un día presentaba yo a Juana la del Revuelo en la Peña Flamenca El Chozas y lo vi entrar en el local todo vestido de negro, con su clásico sombrero de ala ancha y el bastón, que más que un bastón era una garrota. Se plantó frente a mí y me miró de una forma que hasta me llegué a marear. Se acercó y me preguntó que si era Bohórquez, “el de la radio”. Le dije que sí, con la voz entrecortada, y me invitó a salir a la calle para hablar conmigo de hombre a hombre. “¿Qué habré escrito yo de este gitano, Dios mío, para que me vaya a partir el bastón en la cabeza y en la puerta de una maldita peña flamenca?”, me pregunté mientras íbamos camino de la calle. Y cuando ya había hecho testamento de manera mental y le había encomendado mi suerte a todos los crucificados de Sevilla, el maestro me dijo: “Llevaba tiempo queriendo decirte que eres al único crítico que escucho por la radio, porque no eres un trapo”.

Farruca

Antonio Montoya Flores era un hombre con un gran sentido de la dignidad. A veces no era fácil de tratar, pero tenía un gran fondo. Y era capaz de cualquier cosa para defender lo suyo y a los suyos. Conocida es la anécdota de que despreció mucho dinero porque no quiso bailar sevillanas en la película de Carlos Saura. “Me pides que baile por soleá y voy gratis”, le dijo al director aragonés. Y cuando le llegó aquella tentadora oferta necesitaba el dinero tanto como el aire. Pero podía más su orgullo gitano, su dignidad de bailaor puro, que todo el oro del mundo puesto en sus manos.

La semana que viene va a ser objeto de unas jornadas de estudio en el pueblo de Utrera. Y de un más que merecido homenaje que le tributarán los jóvenes gitanos. Tomarán parte, estudiosos, críticos, aficionados y artistas. Y su familia, claro. Utrera será territorio Farruco cuando hace ya diecisiete años que se fue el genio, sin más honores que el dolor de su familia y la indiferencia de quienes dicen que el flamenco es cultura. Aquel genio gitano era mucho más que eso. Y lo bueno es que le importó siempre muy poco si lo era o no.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Add Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *